Texto inédito enviado por su autor
En un brillante parrafito de su novela El péndulo de Foucault, un personaje de Umberto Eco razona: “Si ponemos un móvil en un medio vacío, con rozamiento nulo, y le imprimimos un impulso, este se moverá al infinito por toda la eternidad”. E inmediatamente agrega lo que esto significa: “Nunca sucederá, pero es verdadero”.
Esto es lo que el historiador cubano Javier Figueroa, radicado en Puerto Rico, trató hace un tiempo de aplicar al campo de los estudios cubanos en términos de “historia contrafactual”. Es decir, poner a funcionar todo aquello que en lo cubano, sin “existir”, es verdadero o tiene fuerza de tal: los vacíos, los errores y aún las mentiras históricas, los mitos, los “no sucedidos”… Esto es algo esencial porque en Cuba, además de padecer una carencia de noticias, hay una ausencia de método. Y todo esto en el fondo obedece a una debilidad ontológica, a una historia más “existente” que real. Lo cubano es poco Ser y mucho “aserito”. La página más significativa de Martí está fechada en su Diario un 6 de mayo. Y está perdida.
Si uno revisa la historia efectiva de la filosofía, la ciencia y al arte, podrá verificar que estas actividades (oficios) han estado vinculadas a los poderes mundanos: políticos, económicos y militares. Es más, los han pretendido sistemáticamente. Sucedió en Atenas, en Roma, en Florencia, en Moscú, en Buenos Aires… Y sin embargo, los cubanos insistimos en que esto no pasa en Miami ni en La Habana; no paramos de asegurar, por ejemplo, que el arte nada tiene que ver con la política.
La pregunta entonces es esta: Bueno, si el arte siempre ha tenido que ver con la política, ¿quién inventó lo contrario? Porque de algún sitio ha tenido que salir.
Y esto es lo curioso. La defensa de la asepsia del artista, específicamente del músico, es una repetición extemporánea de la concepción heroica del genio, que se puede encontrar codificada en las Cartas sobre la educación estética del hombre (1794-95), de Friedrich Schiller. En este documento el genio del arte se describe como un niño, poseedor de una gracia o don no aprendido sino simplemente regalado. Ungido (que es como Gabriela Mistral llamaba a Martí: “El ungido”). Un ser de esta naturaleza tan pura y desinteresada, se comprende, nada tiene que ver con los poderes prosaicos, con la política. Hasta los bandidos de Schiller llegaron a tener algo de esta santidad.
La pregunta es entonces: ¿Aplican creadores como Silvio Rodríguez, Paulo FG, Juan Formell u Omara Portuondo para esta categoría? Claro que no. Obvio que cuando tratamos con estos artistas nos rebajamos a otro tipo de dimensión. Pero tampoco se trata de ellos sino de los tiempos; más de lo ideal que de lo existente. Y, sobre todo, de la forma en que miramos “lo que hay”, “eso que anda”.
Concluyendo: La ley física inicial quedaría traducida más o menos así: “Si ponemos a Juanes en un escenario habanero controlado por la Seguridad del Estado a cantar por la Paz, este podrá actuar toda la tarde a su antojo sin consecuencias políticas. Puede suceder, pero no es verdadero”.
Emilio Ichikawa Morín
Noviembre-2009
Para visitar la página personal de Emilio Ichikawa diríjase a http://ei.eichikawa.com/
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miércoles 2 de diciembre de 2009
jueves 19 de noviembre de 2009
Mancha de peces / Relato (Cuba)

Yonnier Torres (Placetas, 1981). Sociólogo. Narrador. Egresado del XI Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Mención en el Concurso de Cuento “El fotuto”, 2008. Segundo Premio en el Concurso Internacional de Cartas de Amor “Escribanía Dollz” 2009. Tercer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos de Ciencia Ficción y Fantasía “Salomón” 2009. Primer Premio de Narrativa en el Concurso "Luisa Pérez de Zambrana" 2009. Miembro de la AHS.
Mancha de peces
Miré el motor como quien mira una mancha de peces. Todas las piezas eran iguales. Tal parecía que en su complicada estructura y engranaje, se estuvieran burlando de mí. Ella se sentó bajo el único árbol en 500 metros a la redonda, cansada de maldecir a orillas de la carretera, después de dos horas sin ver pasar un solo auto. ‹‹Debí haberlo imaginado››, pensé mientras me quitaba la camisa y comenzaba a apretar las piezas una a una, ‹‹un carro que solo se alquila por quinientos no es confiable››. En realidad no sabía lo que estaba haciendo, machacaba un boquete con el puño, comprimía una manguera, buscaba junto al fondo algo suelto, es lo que siempre hacen en las películas, luego trataba de encenderlo pero se mantenía inalterable, sin arrancar.
Ella al principio solo tenía cara de arrepentida, pero poco a poco su semblante fue cambiando y se tornó hostil al punto de caerle a patadas a las gomas, decir que yo era un inútil y que hubiera sido mejor haberse quedado en el pueblo. Luego se echó a llorar, con las manos cubriéndole el rostro.
-No teníamos otra alternativa, era ahora o nunca -le dije y traté de darle un poco de aliento, trasmitirle la confianza que a mí me faltaba.
–Además, yo de esto sé mucho, ya verás como dentro de un rato lo arreglo y antes de que anochezca habremos llegado a algún sitio.
Volví a mirar el motor, esta vez con ahínco, como si lo desafiara a una prueba de resistencia visual, mientras ella caminaba resignada hacia el árbol y la carretera permanecía desierta.
Lo habíamos planeado tantas veces que nunca contamos con que pasara algo como esto.
–Ahora no nos podemos echar para atrás, hay que seguir con el plan, ¡como sea! -le grité. Para recalcar mi determinación me calé la gorra con fuerza y seguí apretando las piezas, le di un par de golpes al radiador, traté de empujar un poco el auto, pero todo el terreno era plano, así no íbamos a llegar a ninguna parte.
El calor del mediodía sobre la carretera era insoportable. El sol calentaba el asfalto y levantaba cortinas que me impedían ver con claridad el horizonte. Busqué en el mapa el lugar en el que estábamos, quizás hubiera alguna gasolinera cerca, un taller, un pueblo, cualquier sitio donde nos pudieran ayudar. Las líneas se cruzaban unas con otras, el sudor caía sobre el papel y la tinta gastada de los pliegues me hacía perder la noción del espacio. Yo solo quería sacarla del pueblo, darnos una oportunidad, no podía concebir que por una rotura de mierda las cosas se nos fueran a echar a perder. Le pedí que me ayudara, que dos cabezas piensan más que una, pero se quedó allí, ajena, bajo el árbol, a lo mejor sopesando las diferencias, imaginando qué era peor, si seguir en el club o empezar desde cero, varada en el medio de la nada, en una carretera terriblemente desierta.
‹‹Aquí no tenemos futuro››, le había dicho dos meses atrás, cuando comenzamos a planear la fuga, ‹‹yo siempre seré un obrero del aserrío, con un sueldo de mierda, una vida tediosa, un plato de lentejas para la comida y tú siempre serás una puta, hasta que llegue la hora en que las carnes te cuelguen y te quedes para servir tragos o limpiar el suelo. Dicen que en la zona norte hay mayores posibilidades, allí nadie nos conoce, podríamos tener una vida diferente, montar un negocio pequeño, para empezar, una tienda, una cafetería, un restaurant››. Pero para eso necesitábamos una buena suma. Hice turnos extras, me encargué de transportar todos los tablones desde la base hasta el almacén, pasé noches enteras encima del tractor. Ella puso mucho de su parte, se esmeró en el maquillaje, en la poca ropa, pidió propinas a base de un minucioso sexo oral y hasta cobró por vestir y desvestir. Con lo que logramos y los ahorros que teníamos, no nos alcanzaba ni para la gasolina. A nadie se le podía pedir prestado porque comenzarían a sospechar, al menos si ella trabajara en otro sitio, pero eso es lo complicado de enamorarse de una puta, una vez que entran al club, ya no las dejan salir ni para tomar el sol.
En el maletero encontré un par de tubos, quizás era eso lo que necesitaba, pero no sabía dónde colocarlos. Los tomé para medirlos y encajaban perfectamente entre dos piezas laterales del motor, formaban una figura muy graciosa, como una Z ondulante. Cerré el capó, traté de encender el auto pero nada, solo ronroneaba un poco y se volvía a apagar. Prendí la radio, quizás si encontraba una buena emisora podía sacarla del árbol. Sintonicé un tema de Ray Charles, Hit the Road, esa canción le encantaba, vino directo hacia el auto y se sentó en el asiento delantero. Recordé lo mucho que bailábamos en el club, yo siempre trataba de llegar temprano para ser el primero de sus clientes, al final, cuando salíamos a la pista, iba hasta la victrola, seleccionaba Georgia in my mind, y al oído le contaba los nuevos avances en nuestro plan. Debíamos dar el golpe preciso, los dos a la vez, ella robaría en la caja del club y yo en la oficina de pagos del aserrío, luego nos reuniríamos en la calle que colinda con los sembrados. Lástima que no hayamos podido alquilar un coche mejor y el cacharro se nos rompiera en medio del camino.
Interrumpieron la canción de Ray Charles para dar el parte meteorológico, anunciaron lluvias fuertes para la zona norte, y aunque no sabíamos muy bien donde estábamos, se nos quitaron las ganas de seguir oyendo la radio. Ella salió del carro, se paró en el centro de la carretera y trató de mirar al horizonte.
–Nunca he visto nada igual -me dijo- llevamos horas en este lugar y no ha pasado ni un solo carro.
–La última gasolinera estaba como a veinte kilómetros -le dije- es posible que dentro de un rato pase alguien. El viento comenzó a soplar levantando el polvo del camino.
–Creo que es mejor irnos caminando hasta que lleguemos a algún lugar.
–De ningún modo, el carro no lo podemos dejar aquí.
–Pero quién se lo va a robar, si es que por aquí no pasa nadie. Además, ni siquiera funciona.
–Igual no creo que sea una buena idea. Nos podría coger la noche en la carretera. Toma paciencia, verás como dentro de un rato arreglo esto.
Saqué los tubos, los cambié de posición pero no surtió efecto. Comencé a pensar que podría ser un problema sin arreglo.
–Debe ser el carburador, o los inyectores o… eso, debe ser el carburador, ahora lo voy a revisar -le dije aunque no sabía qué era el carburador ni tan siquiera si todos los autos tenían inyectores, es lo que siempre dicen en las películas.
–Si se hubiera roto una goma ya hace rato que la hubiéramos arreglado -al menos imaginaba que cambiar una goma era tarea fácil y el auto en el maletero traía una de repuesto. Traté durante un rato de sacarle conversación pero ella estaba cerrada como tapia. Al rato comenzó a llover, cerré el capó y nos metimos dentro del auto. Desde la radio American Woman condensaba el ambiente y nos dedicamos a esperar, con la vista fija en la carretera.
Imaginé por un rato que estaríamos haciendo en el pueblo a esa hora, siempre que comienza a llover las calles se quedan vacías, la gente se sienta en los portales a respirar el viento de agua, que tanto recomiendan para los males respiratorios y para la tristeza. Yo estaría regresando del aserrío, con el overall lleno de virutas de madera y la gorra encasquetada hasta la orejas. Ella estaría preparándose para el comienzo de la noche, untándose colonia y polvos frente al espejo.
Ya comenzaba a anochecer, ella se había quedado dormida sobre mi hombro, en la radio terminaba el parte de noticias cuando sentí el sonido de un carro y vi el reflejo de las luces en el cristal trasero.
La desperté y salimos al centro de la carretera, dando saltos con los brazos extendidos. El camión se detuvo a unos metros, ya había dejado de llover y el hombre con una linterna le echó una ojeada al motor.
–Parece grave -me dijo- esta pieza ya no va a funcionar más -y señaló un delgado tubo metálico que unía dos embases cuadrados,-necesitas un repuesto, el próximo pueblo queda a treinta kilómetros, desde allí te pueden enviar en la mañana un Taller Móvil, creo que de noche la gasolinera no trabaja.
–¿Nos puede llevar hasta allá? -le preguntó ella. El tipo viajaba con media familia en la cabina del camión. Titubeó un poco y luego le dijo, solo a uno, no tenemos suficiente espacio para los dos.
Ella se montó y me dijo que al otro día mandaría el Taller Móvil.
–Está bien -le respondí- no te preocupes, quizás mañana cuando vengas ya lo tenga arreglado.
El tipo me dejó la linterna y encendió el camión. Primero lo dejé de ver, luego de oír, al rato me quedé solo en la carretera. Encendí la linterna, abrí el capó, los peces nadaban desesperados ante la presencia de la luz.
Si desea contactar con el autor escríbanos a proyectodesliz@gmail.com
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Yunnier Torres
martes 17 de noviembre de 2009
EXPOSICIÓN PERSONAL “REENCUENTRO” / YASSER LEZCANO
El lunes 2 de noviembre de 2009 a las 2:00 PM, se inauguró en la Galería del Noticiero Nacional de Televisión en conmemoración del 49 aniversario de su fundación, la exposición personal titulada “Reencuentro” del fotógrafo Yasser Lezcano.
La muestra constituye un homenaje al fotógrafo Fernando Lorenzo LEZCANO MIRANDA, (Cienfuegos, 1904 - La Habana, 1949), quien en el año 1930 tomara la histórica fotografía del asesinato del mártir estudiantil Rafael Trejo.
El fotógrafo Lezcano, intenta representar en sus imágenes envejecidas, las fotografías que su abuelo no pudo tomar por fallecer muy joven y dejar una obra artística inconclusa. La muestra constituye un intento de acercamiento del artista desde su lente a una época enmarcada entre la década del 1930 al 1940.
El proyecto requirió un estudio profundo de la época, incluyendo fotografías, vestuario, maquillaje, locaciones y demás elementos que permitieron la selección de los modelos, composición de las escenas y las tomas fotográficas, lo que unido a un trabajo meticuloso de procesamiento digital, permitió el resultado obtenido.
Las imágenes representan la situación social que existía en Cuba.
En expone además la fotografía original del asesinato de Rafael Trejo impresa por el propio autor hace 79 años, así como algunas de sus espectaculares imágenes como la cobertura periodística al robo del diamante del Capitolio y los sucesos de Orfila en Marianao.
He aquí una muestra de tres fotos:



Enviado por
Leticia Sobrino
Representante
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La muestra constituye un homenaje al fotógrafo Fernando Lorenzo LEZCANO MIRANDA, (Cienfuegos, 1904 - La Habana, 1949), quien en el año 1930 tomara la histórica fotografía del asesinato del mártir estudiantil Rafael Trejo.
El fotógrafo Lezcano, intenta representar en sus imágenes envejecidas, las fotografías que su abuelo no pudo tomar por fallecer muy joven y dejar una obra artística inconclusa. La muestra constituye un intento de acercamiento del artista desde su lente a una época enmarcada entre la década del 1930 al 1940.
El proyecto requirió un estudio profundo de la época, incluyendo fotografías, vestuario, maquillaje, locaciones y demás elementos que permitieron la selección de los modelos, composición de las escenas y las tomas fotográficas, lo que unido a un trabajo meticuloso de procesamiento digital, permitió el resultado obtenido.
Las imágenes representan la situación social que existía en Cuba.
En expone además la fotografía original del asesinato de Rafael Trejo impresa por el propio autor hace 79 años, así como algunas de sus espectaculares imágenes como la cobertura periodística al robo del diamante del Capitolio y los sucesos de Orfila en Marianao.
He aquí una muestra de tres fotos:



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Leticia Sobrino
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